martes, 17 de octubre de 2011
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¡Qué espléndida vida!
Conferencias budistas
¡Qué espléndida vida!
Por el Venerable Guo Ru

Este artículo se ha extraído del libro Knocking Gently on the Door of Chan, publicado por Chan Grove, el templo del Venerable Guo Ru en Taiwán. Esta conferencia fue impartida en el último día de un retiro que tuvo lugar en el centro afiliado en Taoyuan, Taiwán, en mayo de 2011. Este libro fue traducido del chino al inglés por I Jung Fan. Lisa Shen, Echo Bonner, Ernest Heau, y Harry Miller prepararon el original inglés para su publicación.

Todo en el mundo se manifiesta como formación, continuación, decadencia, desintegración, impermanencia, surgimiento y desaparición. Como budistas deberíamos ver en la naturaleza impermanente de todas las cosas la realidad de que, originariamente, todos los fenómenos ni vienen ni se van, ni surgen ni desaparecen. Eso no significa que neguemos las causas y condiciones de estos fenómenos fluctuantes, sino que tenemos que ver la realidad última de la permanencia en todas las cosas que parecen ir y venir, y apreciar las causas y condiciones de todos y cada uno de los fenómenos. Por lo tanto, me gustaría repetir aquí unos consejos.

En primer lugar, no quedéis atrapados por las palabras. Recuerdo constantemente a la gente que se limite a practicar con diligencia. En una ocasión, en un retiro había un practicante a quien le asignaron la tarea de ocuparse de las plantas bonsai. Se sentó allí atentamente podando poco a poco una pequeña planta. Al cabo de tres días no había acabado de podar ni siquiera un bonsai. Le dije que lo que estaba haciendo no era práctica sino quedar atrapado por las palabras; estaba tratando de eliminar todas las distracciones del pensamiento presente y centrarse en lo que estaba sucediendo sin ideas ilusorias ni discriminación. De hecho, aunque se dedicaba a la práctica, esto era solo la medida preliminar. Cuando nuestras mentes están muy distraídas, necesitamos esta medida para concentrarnos. Sin embargo, al tratrar los asuntos cotidianos, si actuamos a ritmo de tortuga, como este hombre, y no conseguimos contemplar todas las personas y todas las cosas con un conocimiento directo, ¿cómo podemos vivir en este mundo? Si todos los budistas se comportaran de esa manera, a nadie le apetecería aprender las enseñanzas de Buda.

La verdadera concentración consiste en saber claramente lo que está sucediendo sin especular sobre el futuro con discriminación personal y apego o aferrándose al pasado. Si tu trabajo es segar la hierba, hazlo sin más; si es podar las ramitas, hazlo sin más; cualquiera que sea tu tarea, sencillamente hazla con sabiduría. No confundas esto con la discriminación. Después de aprender el Dharma, no te comportes como un idiota. Al revés, deberías volverte más sabio, hacer buen uso de lo que has aprendido o experimentado y cumplir atentamente tus obligaciones lo mejor posible.

Cuando nos enfrentamos a situaciones de la vida cotidiana, además de mantener la mente en paz, necesitamos sabiduría para ver claramente. Es mejor que no estemos controlados por las emociones o por la consciencia en una mente fluctuante, sino que tratemos de ver las cosas con una mente simple o con una sola mente. Vas por el camino correcto si, en el proceso, no quedas atrapado en opiniones personales, en la discriminación o en estados de ánimo, sino que simplemente sabes qué hacer y lo haces lo mejor que puedas. En cuanto al resultado, no importa si satisface tus expectativas. De esta manera, vives, de verdad, en el momento presente.

Dadas las causas y condiciones de un tiempo y espacio determinados, has tratado de apreciarlas y sacar de ellas el máximo provecho, de manera que no tienes que preocuparte por el resultado o aspirar a algo mejor. No hay necesidad de compararte con los demás o contigo mismo. Una vez atrapado en la comparación, tu mente se enreda en discriminaciones, apegos y argumentos. Bajo estas circunstancias, ¿cómo puedes concentrarte en el trabajo actual o en la práctica? Además, posteriormente se requerirá más esfuerzo para hacer frente a una situación a la que no atendiste adecuadamente desde el principio.

Cuando nuestra mente encuentra la calma, vemos que los así llamados conflictos y diferencias derivan de nuestra propia discriminación y del hecho de no lograr actuar con sabiduría. Por ejemplo, estoy observando el bonsai sobre la mesa; veo plantas, piedras y madera inerte, todo ello dispuesto artísticamente. Pero sin sabiduría uno no vería más que piedras grises y árboles deteriorados. Nuestra conciencia se ve fácilmente atrapada por la discriminación y el argumento. El problema es que siempre hay fenómenos discriminados que anhelamos. Esa es la razón por la que sufrimos tanto. Si podemos desprendernos de las formas discriminadas y las vemos como un todo, lo que está presente delante de nosotros es armonioso y bello. Al mismo tiempo vemos distintas formas en el todo y apreciamos la disposición artística de estas formas. Viendo de esta manera, podemos encontrar el bonsai lleno de vida. Este es un mundo perfecto, un universo perfecto.

No solo experimentamos sufrimiento, vacuidad e impermanencia, sino que también encontramos la eternidad de la vida, la felicidad, el yo y la pureza. Necesitamos sabiduría para hacerlo. Cualquier cosa que veamos o encontremos, primero deberíamos ir más allá de las diferencias y de la dualidad de los fenómenos y descubrir la igualdad, la armonía y la unidad de la vida. Y, luego, en la armonía y la unidad vemos con destreza las diferencias, con las que enriquecemos nuestras vidas y les damos armonía.

La vida está llena de una variedad de cambios. Esa es su verdadera faz. Por consiguiente, el surgimiento y la desaparición son también formas perfectas en el mundo. Las imperfecciones son parte de la vida perfecta. En otras palabras, sin ellas la vida no podría ser perfecta. ¿Comprendéis? Pero el saber hacer la vida perfecta con todas sus imperfecciones depende de la habilidad y la claridad de la mente, que proviene de ver con sabiduría. Consideremos, por ejemplo, el arte del jardín Zen japonés: no hay ni árboles ni césped en el jardín, solo grava por la que los monjes pasan el rastrillo todos los días para crear el efecto visual de las ondas. Si nos sentamos en la tarima y apreciamos este paisaje simple sin generar pensamientos, no nos sentiremos aburridos sino que encontraremos la diversidad y la belleza de la vida. Cuanto más sutil y más concentrada esté la mente, menos pensamientos engañosos y discriminatorios habrá. Y las sensibilidades estéticas predominarán en la mente. Incluso una hoja muerta se considerará como la manifestación de la vida espléndida y perfecta; escuchando atentamente, la oiremos susurrar su experiencia de toda la belleza de la vida sin arrepentimiento. La verdadera vida es así de libre y fácil. Si podemos superar nuestros propios límites físicos y mentales para experimentar todo lo que nos rodea, el universo, o incluso el dharmadhatu (el Reino del Dharma), veremos por qué el Buda dijo que la vida es infinita. Entonces, ¿por qué tenemos que limitar nuestro campo de visión y discutir sobre minucias? Incluso si no hemos penetrado completamente en la realidad, siempre que veamos el mundo con la sabiduría que carece del yo, que abandonemos las opiniones personales para eliminar la discriminación y que, luego, veamos el todo perfecto, armonioso y unificado, ¡descubriremos cuán abundante y espléndida es la vida!