viernes, 22 de septiembre de 2011
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Las dos entradas y las cuatro prácticas de Bodhidharma
Hay una obra importante atribuida a Bodhidharma llamada Las dos entradas y las cuatro prácticas, en la cual se detalla más explícitamente qué deben hacer los seres sensitivos para darse cuenta de su verdadera naturaleza. Las “dos entradas” son la entrada a través del principio y la entrada a través de la práctica. La entrada mediante el principio significa considerar directamente el primer principio, o naturaleza original, sin confiar en las palabras, las descripciones, los conceptos, la experiencia, o cualquier proceso de pensamiento. La entrada a través de la práctica se refiere al entrenamiento gradual de la mente.

Bodhidharma describe la entrada por el principio de la siguiente manera: “Dejando detrás lo falso, regresa a lo verdadero; no hagas ninguna discriminación entre el yo y los otros. En la contemplación, tu mente debe ser estable y permanecer quieta, como una pared.” Esto podría parecer un camino directo y fácil que conduce a la iluminación, pero en realidad es algo más difícil. Si pensamos en la propia iluminación de Bodhidharma como entrada a través del principio, podríamos decir que el despertar le vino solamente después de un largo curso de vida práctica, como culminación a sus nueve años de meditación, realizada frente a una pared en una cueva del Monte Song. En realidad, el método usado para lograr la entrada por el principio se encuentra exactamente en esta frase: “Tu mente debe ser estable y estar quieta, como una pared.” Esto no significa que la mente deba estar en blanco; al contrario, debe permanecer alerta y clara, iluminándolo todo a través del conocimiento y respondiendo con la compasión. Esto es lo ideal, y es el estado de ánimo que se menciona en la entrada a través del principio.

La segunda entrada para conseguir la comprensión es a través de la práctica. Hay cuatro prácticas: aceptar la recompensa kármica, adaptarse a las condiciones, no pedir, y la unión con el Dharma. Cada práctica es progresivamente más avanzada, y por tanto deben seguirse por su correspondiente orden.

El primer ejercicio, “aceptar la recompensa kármica”, supone reconocer los efectos del karma, por un lado, y la causa y la consecuencia, por otro. El “karma” es un término del sánscrito que se traduce literalmente como “acción”. Cuando realizamos una acción, una fuerza kármica conduce a una consecuencia en el futuro, ya sea en la actual existencia, ya en la venidera. El efecto kármico de una acción particular no es permanentemente fijo, porque el funcionamiento continuo de las nuevas acciones modifica la fuerza kármica. Pero en todos los casos hay una relación de causa-consecuencia, de tal suerte que la consecuencia será similar en naturaleza a la causa. Por lo tanto, cuando hacemos frente a la adversidad, debemos entender que estamos recibiendo la recompensa kármica por acciones anteriores realizadas en incontables vidas precedentes. Cuando pagamos un poco de nuestra deuda, debemos sentirnos felices por tener la posibilidad de hacerlo. Si tenemos esta perspectiva, cuando se presenten las desgracias permaneceremos tranquilos y sin resentimiento. No sufriremos emociones molestas ni estaremos desalentados o deprimidos. Esta es una práctica realmente importante.

El karma, o la causa y la consecuencia, tiene que ser comprendido y aplicado conjuntamente con el concepto budista de “causas y condiciones”. El hecho de que las causas y las condiciones vayan unidas permite que las cosas sucedan. No podemos ni debemos escapar de nuestras responsabilidades, ni de la recompensa causada por nuestro karma. Pero debemos tratar de mejorar tanto nuestras condiciones como el karma. Si las cosas pueden ser mejoradas, debemos intentar hacerlas mejores. Si no pueden ser cambiadas, entonces debemos aceptarlas con ecuanimidad como recompensa kármica.

Podría ser fácil confundir el principio de las causas y las condiciones con el de la causa y la consecuencia. A decir verdad, los dos principios están íntimamente relacionados entre sí, y es difícil hablar de uno sin mencionar el otro. Desde el punto de vista de la causa y de la consecuencia, podemos decir que el acontecimiento anterior es la causa, mientras que el acontecimiento posterior es la consecuencia. Un acontecimiento conduce al siguiente. Una causa, sin embargo, no puede conducir a una consecuencia por sí misma. Algo más debe ocurrir: debe venir junto con la causa, para conducir a una consecuencia. Las causas y condiciones consisten precisamente en este juntarse de los eventos y factores. Un hombre y una mujer juntos no conducen automáticamente a los niños. Otros factores deben sumarse para que la causa (los padres) desemboque en la consecuencia (los niños). Los padres, los niños y los demás factores implicados forman parte de las causas y las condiciones consideradas.

Las causas y las condiciones también se pueden considerar en términos de “charmas”, un término de sánscrito que se refiere a todos los fenómenos, ya sean físicos o mentales. Este significado es distinto de “Dharma” —con “D” mayúscula—, que se refiere a las enseñanzas de Buda, así como a los métodos y principios de la práctica. Sin embargo, incluso las enseñanzas de Buda y los métodos de la práctica son ellos mismos fenómenos o Dharmas.

En todo caso, la condición (un Dharma) que coincide con una causa (otro Dharma) debe haber sido causada por otra cosa, y así sucesivamente, hasta el infinito, en todas direcciones a través del espacio y el tiempo. Todos los fenómenos aparecen debido a las causas y las condiciones. Cualquier fenómeno que se presente es en sí mismo una consecuencia de una causa anterior, que se presentó debido a que las causas y las condiciones se dan juntas. Todo esto conduce al concepto de “presentarse condicionado”, también conocido como “creación dependiente”, que significa que todos los fenómenos o Dharmas están interconectados, independientemente de cuál sea el momento o el lugar en que ocurran.

Debido a que todos los Dharmas son consecuencias de las causas y las condiciones, su surgimiento está condicionado. Aquí se incluyen no sólo los conceptos de “surgimiento” y “aparición”, sino también los de “fallecimiento” y “desaparición”. Una persona que nace es un fenómeno, y una persona que fallece es otro fenómeno; una burbuja que se forma es un fenómeno, y una burbuja que revienta es otro fenómeno; una idea que aparece es un fenómeno, y una idea que desaparece es otro fenómeno. Todos los Dharmas aparecen y desaparecen debido a las causas y las condiciones.

La segunda de las cuatro prácticas recomendadas por Bodhidharma es la “adaptación a las condiciones”. También requiere una comprensión de las causas y las condiciones. El adaptarse a las condiciones significa que debemos hacer todo lo posible dentro de las restricciones de nuestro ambiente. Si nuestras circunstancias son afortunadas o algo bueno nos sucede, no debemos ponernos excesivamente entusiasmados. La buena fortuna, como la mala, es el resultado de la recompensa kármica. ¿Por qué debemos entusiasmarnos cuando tan solo estamos gozando de los frutos de nuestro propio trabajo? Es como retirar el dinero de nuestras propias cuentas bancarias. De la misma manera, no debemos ser excesivamente orgullosos, porque la buena fortuna, como la mala, es el resultado de muchas causas y condiciones que vienen juntas. ¿Cómo podemos dar crédito a nuestras realizaciones, cuando dependen en gran medida de la buena voluntad de otras realizaciones, de los sacrificios de nuestros padres, de las circunstancias de la historia? La práctica de adaptarse a las condiciones significa que debe aceptarse el propio karma, o la causa y la consecuencia, sin estar excesivamente contento, autosatisfecho o decepcionado.

Aceptar la recompensa kármica y adaptarse a las condiciones son prácticas muy provechosas en la vida cotidiana. Permiten que mejoremos tanto nuestras condiciones como el karma, y que mantengamos una actitud positiva ante la vida. Nos ayudan a disfrutar del equilibrio ante las circunstancias cambiantes, mejorar nuestro comportamiento, y mantener nuestras relaciones armoniosamente. Estas enseñanzas de Bodhidharma no son difíciles de entender, y cualquier persona común puede hacer uso de ellas. Si podemos aplicarlas en las circunstancias diarias, cumpliremos nuestras responsabilidades y sacaremos el mayor provecho a nuestras oportunidades. De este modo, nuestra vida será más significativa.

La tercera de las cuatro prácticas de Bodhidharma es la “no búsqueda”. Hay un refrán chino que dice: “Las personas crían niños para que éstos les ayuden en la vejez, y acumulan alimentos en caso de hambruna.” Hoy día, en Occidente la gente ya no cría niños con la esperanza de que éstos les ayuden en la vejez, pero probablemente las personas continúan acumulando comida, o riquezas, en caso de dificultad. Esta actitud no es la actitud de no buscar. En la práctica del no buscar, lo que hacemos es participar continua y diligentemente en una actividad útil, y aun con todo no sabemos si esta actividad nos reportará algún beneficio personal, ni ahora ni en el futuro. No buscamos beneficios personales. Esto no es fácil: constituye un nivel de ejercicio más elevado que la segunda práctica. A decir verdad, para evitar totalmente la actividad egocéntrica, debemos dar el paso difícil de darnos cuenta de que no existe la propia identidad.

Lo que pensamos comúnmente que es el yo es, en realidad, una ilusión. No es nada en sí mismo, sino un nombre que damos a nuestra interacción continua con el ambiente. Vemos, oímos, olemos, probamos, tocamos y pensamos constantemente; y es esta cascada de sensaciones, opiniones, juicios, pensamientos después de otros pensamientos, lo que identificamos como el yo.

Decir que es la identidad o el yo es una ilusión no equivale, sin embargo, a decir que el concepto de “uno mismo” sea una alucinación. El yo no es un espejismo. Decimos que la propia identidad es ilusoria porque no es una entidad estable, sino más bien una serie de acontecimientos que están cambiando siempre en respuesta a un ambiente constantemente variable. El uno mismo no es algo que permanezca siempre igual, por eso decimos que la identidad es una ilusión. Por la misma razón, todos los fenómenos se consideran ilusiones; es decir, todos los fenómenos son desinteresados. Todas las cosas cambian por momentos, se desarrollan y transforman en otra cosa. El yo, por lo tanto, es una existencia falsa que interactúa con un ambiente falso incesantemente.

El ejercicio de no buscar constituye una práctica avanzada, porque es la práctica del “ningún yo” o de la “no identidad”. Aunque es normal que la gente comience a aprender y practicar el budismo para su propio beneficio, al final, a través de la práctica, su egocentrismo mengua. Se encuentran ocupados porque otros necesitan su ayuda y les proporcionan lo que es necesario. Tal persona incluso no piensa ni siquiera en conseguir la iluminación.

Cuando dejas de estar preocupado por tu propio logro, entonces estás iluminado. Por lo demás, siempre habrá ideas sutiles, tortuosas y el apego al deseo de hacer algo para uno mismo. Si deseas liberarte de todos los fastidios mundanos y del sufrimiento, si deseas de verdad la liberación, entonces es que todavía te encuentras unido a tu identidad. Es solamente cuando no tienes ninguna preocupación por tu propio despertar cuando puedes ser iluminado de verdad. La práctica de la ausencia de búsqueda es la práctica de este estado iluminado.

La cuarta de las prácticas de Bodhidharma es la “unión con el Dharma”. Es un dogma básico del budismo el hecho de que todos los fenómenos son temporales y no poseen una identidad intrínseca. En la práctica de la unión con el Dharma, intentamos experimentar personalmente esta inestabilidad y desprendimiento personalmente, a través de la contemplación directa del vacío. Se trata de la práctica más elevada del Chan, y conduce al logro supremo. Es la práctica que permite que alcancemos el punto de la “entrada por el principio” de la que hablábamos antes.

Pero ¿por dónde empieza un practicante? Las diferentes ramas budistas emplean muchos métodos de práctica que pueden ser usados por los principiantes, como leer las escrituras, hacer votos, hacer postraciones, buscar la plenitud de la mente, o bien meditar sobre la respiración. Estos métodos nos ayudan a escapar de nuestra mente dispersa, que es al mismo tiempo confusa, emocional e inestable, a un estado mental tranquilo y en armonía con nuestro ambiente. Lo primero que debemos hacer es relajar el cuerpo y la mente. Si podemos relajarnos, seremos más sanos y estables, y nos relacionaremos con los otros más armoniosamente.

Hay un padre de familia budista muy nervioso que viene a menudo por el Centro de Meditación Chan. Su nerviosismo hace que las personas de su alrededor se sientan también nerviosas. Cuando nos habla su cuerpo está tenso, como si estuviera a punto de atacarnos o de defenderse. Las personas reaccionan frente a esta clase de comportamiento porque las perturba. Cuando le dije que relajara su cuerpo, me respondió con una voz tensa y forzada: “¡Ya estoy relajado!” Es constantemente temeroso e inseguro, y debido a los problemas que le causan estos sentimientos, vino al Centro Chan a pedir ayuda. Quería aprender la técnica de la meditación, así que le enseñé a relajar gradualmente su cuerpo y luego su mente. Si no podemos relajarnos, no hay manera de que podamos meditar; y si no podemos meditar, la práctica de no buscar resulta totalmente imposible. Este hombre estaba impaciente y pensaba que si conseguía la iluminación, todos sus problemas desaparecerían. Un día me dijo: “Maestro, yo no deseo nada; sólo quiero conseguir el método de iluminación rápidamente. Transmítamelo lo antes posible.” A lo que yo contesté: “Todavía no se ha inventado tal clase de método. Si pudiera inventar un método de iluminación garantizado y al mismo tiempo veloz, seguramente podría venderlo por bastante dinero."

Ahora acabo de inventar el método siguiente, y lo ofrezco gratuitamente a quienquiera que desee aprenderlo. El método consiste en relajar el cuerpo y la mente. Es fácil y simple. No te preguntes si puede conducirte a la iluminación. Primero debes poder relajarte, ya hablaremos más adelante del despertar. Cierra tus ojos, reclínate en tu silla y relaja tus músculos. Relaja tus ojos completamente. Es muy importante que tus párpados estén relajados y no se muevan. No debe haber ninguna tensión alrededor de tus globos oculares. No apliques ninguna fuerza o tensión en ningún lugar. Relaja tus músculos faciales, hombros y brazos. Relaja también tu abdomen y pon las manos sobre tu regazo. Si sientes el peso de tu cuerpo debes sentarte. No pienses en nada. Si acuden a ti los pensamientos, reconócelos y presta atención a la inhalación y la exhalación de tu respiración a través de tus fosas nasales. No hagas caso de lo que está haciendo la gente. Concéntrate en tu práctica, olvídate de tu cuerpo y relájate. No consideres las dudas sobre si lo que estás haciendo es útil o no.

El principio de este método es relajarse, o sea, estar natural y lúcido. Haz que cada sesión sea breve, pero practica frecuentemente. Al principio, cada sesión debe durar unos diez minutos o incluso menos, para luego ir ejercitándote a tu ritmo hasta llegar a unos veinte o treinta minutos, si puedes hacerlo sin molestar demasiado. Si lo haces más tiempo, probablemente te sentirás intranquilo o te quedarás dormido. Puedes usar este método unas pocas veces al día; refrescará tu cuerpo y eliminará parte de la confusión existente en tu vida cotidiana. Poco a poco ganarás más estabilidad corporal y mental, que te llevarán, al final, a entrar en la puerta del Chan.