jueves, 23 de noviembre de 2011
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Abrirse a la naturaleza
La esencia del Chan
Charla ofrecida por el maestro Sheng Yen durante un picnic en el Lago Silvermine el 21 de junio de 1981.

Quedarse dentro de los límites de tu propia casa te da un sentido de grandeza, puesto que te sientes el maestro dentro de tu pequeño espacio. Pero cuando sales a la abierta extensión de la naturaleza, te sientes muy pequeño y parece como si el cielo y la tierra formaran una gran casa universal. Por otro lado, si hay muchas personas viviendo en casa contigo, ese sentido de la casa siendo tu propio lugar comienza a desaparecer y te conviertes en uno entre muchos. Sin embargo, si vas a un gran espacio abierto sentirás que toda la naturaleza es tuya, y aunque puedan haber muchas personas allí no te sentirás superado en número o separado de ellas. Por lo tanto, después de un período de permanecer adentro, las personas deberían tener la oportunidad de salir y experimentar, por un lado, la pequeñez de ellos mismos, y por el otro, la grandeza de ellos mismos. En realidad, no hay grande o pequeño. La sensación de lo grande o pequeño es sólo debido a las variaciones del entorno.

Un conocido practicante de la Dinastía Tang dijo en un poema:

Las nubes son mi manta,
la montaña es mi almohada,
y la tierra es mi cama.


Debido a su actitud abierta, no sentía que nada en el mundo exterior no fuera él mismo. Ni tampoco sentía que nada en el mundo fuera su posesión, después de todo, las nubes, la tierra, y las rocas pueden encontrarse en todas partes. Este tipo de persona es libre y sencilla y no tiene aflicciones.

Dado que la mayoría de las personas se sienten un poco solas saliendo a la naturaleza por sí mismos, tienden a salir juntas en grupos. Pero normalmente sólo trasplantan su propio pequeño mundo en el gran mundo, y todavía se mantiene una sensación de separación: Estoy con estas personas, no con ellas. No debemos ser como el caracol que siempre lleva a cuestas su casa adonde vaya y esconde su cabeza siempre que entre en contacto con otro animal. Es mejor desarrollar una actitud de no distinción con respecto a los otros en tu entorno, estés o no familiarizado con ellos, y también una intimidad con los demás seres vivientes de tu alrededor, los pájaros y las mariposas. Igual que una columna de humo saliendo de una chimenea se dispersa y se extiende una vez que llega a la atmósfera, deberíamos dispersar nuestra sensación de “grupo” o “familia” y participar verdaderamente en la vida a nuestro alrededor.

Si salimos con gente que conocemos, y lo único que hacemos es sentarnos y hablar acerca de los mismos temas cuando estamos con estas personas, es algo que no tiene sentido. En vez de eso nos hubiéramos quedado en casa. Salir debería ser un proceso de abrirnos, dejando de lado las charlas de todos los días, la actividad mental subjetiva, el juicio y la discriminación, permitiéndole a tu mente observar objetivamente el entorno natural. En Oriente, desde los tiempos del Buda, era casi siempre costumbre para los que habían renunciado a la vida de hogar dedicar un período de tiempo a practicar en las montañas. Por lo general, la choza en la que vivían era construida en forma simple de modo que podía ser levantada y desmontada rápidamente y la persona podía moverse a otro lugar. La razón de esto era desarrollar un tipo de estilo de vida que no se limitara a una esfera social en particular, que podría fomentar un tipo de mentalidad de grupo, sino más bien alentar una conciencia más holística donde uno podría sentirse uno con toda la vida en la tierra y el universo. Originalmente el Buda Shakyamuni no se propuso formar un grupo definido o a ceñirse a ningún lugar, debido a que esto tiende a generar un pensamiento exclusivista, o a distinguir entre interior y exterior, grande o pequeño, tuyo y mío.

De este modo deberíamos aprovechar al máximo la oportunidad de experimentar la grandeza de la naturaleza y nuestra pequeñez. Y si puedes sinceramente abrirte a la experiencia de la naturaleza, y la naturaleza te acepta, entonces tú eres tan grande como la naturaleza misma. Cuando llegamos por primera vez a este lugar, un niño pequeño dijo que tenía miedo de caminar por los alrededores debido a las polillas reptando en la tierra. Ellas tienen un aspecto bastante extraño y asustan, todas peludas, comiendo las hojas que caen de los árboles. Pero cuando piensas un poco en ello, los seres humanos no son nada más que bichos grandes. Nosotros también somos peludos y comemos vegetales, sólo que convertidos en sándwich, etc. Las personas tienden a considerarse a ellos mismos como muy grandes o excepcionales en relación con otras personas, y también en relación con el resto de la naturaleza, las personas piensan que son la corona de la creación y que todo lo demás es relativamente inútil. Esta actitud deriva de la capacidad de los seres humanos para razonar y adquirir conocimiento. Pero en realidad, si lo miramos desde el punto de vista de la naturaleza, realmente no hay grande ni pequeño, no hay inteligencia o estupidez.

En el Sutra de Amitabha se dice que en la tierra del Buda Amitabha, la hierba y los árboles son todos puros y majestuosos y el soplo del viento y el gorjear de los pájaros hablan el Dharma de Buda. Si una persona es capaz de abrir su mente y deshacerse de su mentalidad centrada en el yo y sólo se considera como una parte de la naturaleza, entonces con esa mente de igualdad, cuando oyes el sonido del viendo soplando o los pájaros cantando, oirías el Dharma de Buda. Si la mente es pura no hay lugar que no sea la Tierra Pura.